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“Tres mil millones de vidas humanas se apagaron el 29 de agosto de 1997. Los supervivientes del fuego nuclear llamaron a aquella guerra: el día del juicio final. Sólo vivieron para hacer frente a una nueva pesadilla… la guerra contra las máquinas.” (Sarah Connor, Terminator 2: Judgment Day)

Con estas palabras abría James Cameron la segunda entrega de la saga de Terminator, aquel taquillazo que lanzó a Arnold Schwarzenegger a la fama en los ochenta haciendo de androide inteligente proveniente de un mundo futuro dominado por Skynet, un sistema informático que había desarrollado conciencia propia y revelado en contra de la raza humana.

Aunque como podemos apreciar las máquinas no se han revelado contra la humanidad (toco madera), cierto es que nuestra relación (en especial la laboral) con ellas ha cambiado radicalmente, hasta el punto de que la mismísima Sarah Connor debería seguir preocupada, aunque no porque se revelen y nos quiten la vida, sino porque nos quiten el trabajo.

Del hilar a la app: desde la implantación de los telares mecanizados en la Inglaterra colonial hasta las líneas de producción de Ford en Detroit, todo cambio sustancial en la producción ha venido acompañado de críticas (en varias ocasiones violentas como las revueltas ludistas de Alcoy en 1821) que sólo han conseguido retrasar lo inevitable. Sin embargo, los cambios actuales no sólo siguen produciéndose en las fábricas, sino que han empezado a transformar sectores como la televenta, restauración e incluso logística; todo ello mediante la programación de aparatos que realizan operaciones cada vez más complejas y que se han reducido a pulsar una serie de botones.

 

Tres grandes ejemplos:
La cajera convertida en caja: El primer ejemplo debería de ser el gran miedo de Sarah. Si hemos visto la primera parte de Terminator posiblemente no nos acordemos que la protagonista trabajaba en un típico Dinner americano atendiendo y cobrando a los clientes. Desde hace unos años las grandes cadenas de comida rápida americanas han empezado a introducir máquinas de autoservicio en sus restaurantes para agilizar los pedidos de los clientes y así reducir plantilla. Su funcionamiento es simple, basta con seguir los pasos en la pantalla, introducir el dinero y como por arte de magia te facilita el número del pedido que en varias ocasiones es cocinado antes que el resto. En locales con afluencia de clientes internacionales supone una inmensa comodidad al poder hacer el pedido en tu propio idioma (sin la necesidad de tener personal políglota) tan solo con pulsar el ícono de la bandera de tu país. Posiblemente en 2030 se logre automatizar hasta la cocina y solo se necesite a un técnico de mantenimiento por cada local para así conseguir ahorrar la totalidad del coste salarial que supone la plantilla humana. Lo siento Sarah.

La Taxi app: Posiblemente todos hayamos visto al menos una película en donde el protagonista salía a la calle, levantaba el brazo, silbaba y gritaba: ¡Taxi! En la actualidad podríamos reescribir el guión de la película situando a la persona en medio de una acera sujetando su smartphone y encargando un taxi por medio de una app que localiza al usuario gracias al sistema GPS, contacta con el conductor más cercano, le indica la ruta hacia la persona y posteriormente hacia el sitio donde desea ir. Por mucha ficción que pueda parecer ya se puede descargar en el móvil.

Libros voladores y cámaras motorizadas: El tercer ejemplo de ciencia ficción llevada a la realidad aun esta en fase beta aunque no tardará mucho en hacerse el más polémico después de implantarse. Estamos hablando de Amazon y su búsqueda por el envio express, en esta ocasión por aire. A finales del año pasado la empresa reveló su secreto mejor guardado: utilizar drones para el envio de mercancía, en otras palabras, automatizar la distribución de los pedidos haciendo prescindible su aparato logístico (los centros logísticos reciben los pedidos por internet y automáticamente cargan al dron con el paquete físico y la información necesaria para su entrega) y del sector del transporte tradicional (camión, furgón, etc.). Sin embargo Google lleva años usando esa filosofía con el Google Car, que posiblemente hayamos pillado infraganti fotografiando nuestra calle sin saber que en muchas ocasiones se desplaza sin conductor humano. ¿Para cuándo R2D2 nos traerá la pizza?

 

Conclusión optimista: Ante todo siempre tenemos que tener presente que las máquinas son programadas por personas y que Skynet (o cualquier programa consciente) sigue siendo ciencia ficción. Toda aplicación, máquina o programa sigue siendo una herramienta para el trabajador (que seguirá siendo humano) y que su cometido es aumentar la producción, no monopolizarla. Sin embargo, debemos empezar a cuestionarnos nuestro papel laboral y comenzar a plantearnos la siguiente pregunta ¿Qué hago yo que una máquina no pueda hacer? Por lo que la próxima vez que acudamos al trabajo (o estemos en su búsquedal) debemos evitar convertirnos en máquinas y ser personas. En otras palabras, debemos recordar que la complejidad de nuestras tareas no reside tanto en la acción como en la interacción humana. La complejidad en la hostelería no se encuentra en el número de bebidas o platos que uno sirva, sino en la experiencia del consumidor, en sentirse atendido y tratado como una persona por otra persona, no por una unidad bípeda que anota y despacha pedidos sin siquiera desearte buen provecho.

Por lo que el consejo de hoy no es más que ser personas; empezar nuestra jornada diciendo “buenos días” y acabándola con un “hasta mañana” sonriente, y sabiendo que, en caso de abandonar estas prácticas, nos estaríamos comportando igual que las máquinas, por lo que no nos debería extrañar que algún día seamos sustituidos por un androide T­800.


 

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